METROSEXUAL - Antonio Parra Sanz(murcia)

          Borja sintió el mismo escalofrío de la primera vez cuando la tira de cera caliente contactó con su piel, y no le disgustó la sensación después de algunos meses de desidia estética. Aunque ya estaba más que acostumbrado a lo que vendría después, los minutos de enfriamiento y el tirón, rápido y preciso, sus poros siempre se sorprendían, como si le recordasen lo necesario que aquel acto era para su reputación.

 

No se llega a ser el rey de la noche sin algún que otro sacrificio, y la carrera de Borja Guimaraes nunca se había frenado por pequeñeces. Cuando la cera estrenó su piel tuvo que soportar unas cuantas burlas de sus compañeros de barra, que él cobró mirándolos por encima del hombro cuando la hija del multimillonario Gray se le colgó del cuello y lo arrastró hacia un descapotable rosa cuyo color chillaba mucho más que sus neumáticos.

 

Aquella noche comprendió que las puertas más importantes sólo se abrirían ante él si se entregaba a algunos cambios, los mismos que también habían abierto los brazos, y otras extremidades, de Luna Gray. Después de un par de semanas junto a ella abandonó su casa, la barra de los adonis sin afeitar, y se dejó instalar en un ático de la Torre Gray, un nido de oro en el que aquella ninfa caprichosa pudiera visitarle cuando se le antojara.

 

Así que multiplicó las sesiones para suavizar sus axilas, y le encontró cierto placer incluso a perfilarse el torso, permitiendo que le dibujaran sólo una fina cordillera pilosa, una flecha directa y lúbrica que le señalara a Luna el camino más directo hacia su vientre de ensueño. Y como los caprichos no conocen fronteras, accedió también a que la cera liberase sus ingles del exceso de equipaje que sus treinta años habían ido acumulando. Aquella sesión le dolió un poco más, por la virginidad del territorio, pero el peaje de los labios de la mayor de los Gray le compensó con creces de los tirones.

 

Cerró los ojos, se abandonó en el sillón y espero a que la segunda tira hiciera su efecto, el olor inconfundible de la cera, algo más áspera que la que él solía utilizar, le devolvió a aquel ático de desenfreno, y a la noche en que se atrevió a volar solo, escapándose con la determinación de que no tendría por qué privar de semejante cuerpo terso y lampiño a otras mujeres. Y las primeras fueron las amigas de la propia Luna, divertidas y transgresoras por poder disfrutar del trofeo de la Gray.

 

Entre risas le rebautizaron como el rey de las metiditas, y en las eternas fiestas se instauró el ritual de las visitas apresuradas a los baños de los locales más exclusivos. Que la metidita fuera carnal o química dependía del momento, del anfitrión o hasta del modelito que estrenara su partenaire de turno. La corte de lolitas que adulaba sin medida a Luna Gray se lo rifaba sin ningún pudor, y Borja creyó tocar el cielo de su masculinidad fina, sin las estridencias vulgares que blandían sus antiguos compañeros de barra.

 

Por aquella época durmió de día más que nunca, excepto las mañanas en las que tenía cita con las expertas manos que le esculpían el vello. Llegó a depilarse hasta tres veces por semana, le hicieron fotos sin rostro para enriquecer sus catálogos, intentaron que el láser rasurase su trasero y sus piernas de forma permanente, y la dedicación que le prestaban le enaltecía el ego, porque ellas le veían como un modelo de perfección y no sólo como un trozo de carne tonsurada al que hincar el diente de la lujuria.

 

El tercer tirón fue un poco más violento, mucho menos profesional de lo que él recordaba, y le puso ante sus ojos cerrados la mirada gélida de Luna Gray cuando los rumores de lo inevitable ya no se podían ocultar. La noche que ella le pidió explicaciones, desnudos y suaves ambos en la terraza del ático, Borja trató primero de negarlo, pero el tono poco convincente y la sospecha de que toda la crema de la ciudad conocía ya el engaño le alejaron de la mentira.

 

Luna se mostró entonces más encantadora que nunca, no sólo no se enfadó con él, ni tampoco le echó del ático dorado, sino que se le entregó con una furia que pareció desterrar cualquier deseo vengativo. Borja se creció sin saber lo peligrosa que podía volverse aquella tigresa herida cuando alguien intentaba menospreciarla. Las fiestas entonces se multiplicaron, y el catálogo de amistades de su dueña creció en número aunque en detrimento de la belleza y juventud de las mismas. Pero ya Borja estaba cegado por el éxito de sus hazañas, y no supo ver de qué manera tan aviesa la heredera Gray empezaba a enredarle en una telaraña de descrédito.

 

Accedió a revolcarse en madrugadas sin límite, encerrado en los baños sin poder respirar más que perfumes cada vez más infames. Cuando regresaba a la Torre Gray, exhausto y sudoroso, siempre le esperaban las piernas voraces de Luna, dispuestas a cobrarse el tributo de la propiedad. Ni siquiera aquellas semanas las metiditas químicas conseguían revitalizarle, porque le estaban sorbiendo entre todas el tuétano de su cuerpo depilado.

 

Luna Gray siguió manejando a su antojo los hilos de su pelada marioneta, divertida en su venganza, hasta la fatídica noche en la que una de sus supuestas amigas descargó una dentellada feroz sobre la intimidad de Borja, para exigirle a continuación el pago por sus servicios, tal y como decía que le habían prometido. Borja logró escapar entonces mientras empezaba a comprender el calibre de la maldad de la Gray.

 

Sintió que el vello del desaliento le crecía a medida que el ascensor se acercaba al ático, a la guarida de aquella circe tiránica que le recibió medio desnuda, con la misma sonrisa retorcida y sensual de siempre. Borja no tuvo fuerzas para resistirse, ni para recriminarle nada, y se dejó hacer una vez más, soportando los arañazos, los mordiscos y los tirones que Luna le propinó a su melena, el único reducto capilar que nunca había accedido a modificar para ella.

 

La Gray se derrumbó ahíta de poder y de desprecio, y ése fue el momento que Borja aprovechó para encender una docena de velas con la excusa de prolongar el romanticismo. Mientras Luna se dejaba acunar por el sopor de la satisfacción, Borja la sometió a una depilación salvaje y letal, regando su cuerpo con la cera candente de las velas, hasta que perdió la capacidad de oír sus gritos y la consciencia de lo que estaba haciendo.

 

El último tirón no ha sido sólo violento, a Borja le ha parecido incluso malintencionado, y le ha hecho revolverse en el sillón. Es ahora, cuando topa con las correas que le sujetan, cuando repara en lo extraño de que hayan utilizado cera para afeitarle la cabeza, cuando mira el teléfono mudo que está clavado en la pared, cuando deja que uno de los guardias le ponga el casquete de cuero en la coronilla y cuando ve parpadear hasta apagarse las mugrientas bombillas del techo de aquella enorme celda.

 
         
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