Depilación Mortal - Francisco José Martín Jaime(mã¡laga)
I
-Señor juez, ya tenemos el informe de la autopsia y las declaraciones de los testigos. Cuando quiera podemos hacer la reconstrucción de los hechos.
El juez, de mala gana, porque como todo el mundo sabe, para un juez es algo muy aburrido hacer reconstrucciones de asesinatos en los que todo está claro, se levantó de su despacho de juez, cogió su maletín de juez y se fue, en su coche de juez, junto con el secretario, al lugar de los hechos.
-Señor juez, ¿durará esto mucho? Mire que he perdido mucho dinero con la mala publicidad de esto, mi bar no puede estar más tiempo parado, me lo cerraron dos días cuando pasó... aquello, luego los periodistas, los investigadores y ahora ¡esto! No puedo más, señor juez, de verdad, por favor, por lo que más quiera, le ruego, le suplico que se dé prisa...
El juez, impasible, seguía caminando a grandes zancadas mientras el secretario, paticorto, rechoncho y cargado de papelotes y legajos, que sobresalían a los lados de su demodé indumentaria, trataba ajustarse a su paso, por un lado, y del otro el dueño del bar seguía erre que erre, intentando pasar de él aquél cáliz que, sin comerlo ni beberlo (eso quisiera él), le estaba llevando al borde de la ruina.
Los policías judiciales ya estaban abriendo paso entre la multitud que, poco a poco, iba congregándose en torno a la puerta y alrededores del bar «Por los Pelos», para franquear el paso al juez y su cortejo. Otro de los agentes retiró un segmento de la cinta plástica que, rodeando el exterior del bar, bailaba extraña danza abrazando los arbolitos, raquíticos y enfermos de polución y orines de perro, impidiendo el paso a curiosos ajenos a la representación de la tragedia acaecida unos días antes.
-... es un negocio, señor juez, es un negocio y estamos en vacas flacas, señor juez, ¡las vacas flacas!, que esta vez son más flacas que nunca, yo le pido, a título personal, que por Dios agilice en lo que...
-¿Dónde estaba usted? -le interrumpió el juez.
-... er ... ¿yo? En la cocina... estaba preparando un plato combinado, el número cinco, que consta de panceta (hoy todo el mundo le llama "béicon", pero yo prefiero llamarle panceta, que es más nuestro, ¿sabe?), pues eso, panceta, dos huevos fritos, nada de a la plancha, que ...
-Es decir, que no vió nada -volvió a interrumpir el juez, al tiempo que pensaba en la excesiva verborrea del propietario del bar.
-... ver, lo que se dice ver... porque desde la cocina hay un ángulo muerto, justo desde los fogones, a mi no me gusta, porque siempre he pensado que, sin poder controlar el bar, si estoy yo solo, pues...
-¡Agente! -se dirigió el juez a uno de los policías judiciales que esperaba estoicamente a
que acabase su jornada, aparentando mantener a raya a la multitud-. ¡Meta a este hombre en la cocina, lo pone en el ángulo muerto de los fogones y le impide que salga de allí, y especialmente que diga nada hasta que no se le pregunte!
-A la orden -dijo el policía, mientras cumplía el mandato del juez, para alivio de toda la concurrencia. Con decir que más de uno de los mirones estuvo por aplaudir.
-Comencemos de una vez, que he quedado para comer con Garzón.
II
Ramón Torres era un ser anodino. Nunca había hecho nada digno de reseñarse, la mayoría de sus compañeros de clase del instituto y de la universidad no recordaban su nombre ni su cara. Incluso en la orla de la carrera se habían olvidado de hacerle un hueco y, por supuesto, de poner su foto. No tenía familia ni amigos, casi que ni conocidos, excepto por su bien más preciado, por su amor infinito, por el objeto de un deseo que era rayano en la adoración más blasfema, en la idolatría: su amiga, su compañera, su amada.
La había conocido una tarde de domingo en la plaza de Villaviciosa de Abajo, provincia de Albacete, justo en la linde con Murcia. Él viajaba en una tartana de alquiler por aquellos lares en un ímpetu repentino y de corta duración por ver mundo, y ella salía de misa. Bueno, la sacaban de misa. El flechazo fue inmediato. Quedó prendado de ella. Durante años, él dijo a propios y extraños (la mayoría, como puede desprenderse de lo ya relatado de su vida, extraños), que la atracción fue mutua e irrefrenable, y que cayeron uno en brazos del otro, y que se juraron eterno amor. Bueno, todo esto no es que fuese mentira, sino más bien correspondía a las exageraciones inexactas tan abundantes en la prosa equívoca y trasnochada del bueno de Ramón Torres.
El flechazo fue suyo, y la atracción suya, y lo único literalmente cierto es que ella cayó en sus brazos.
Y es que los escalones de la iglesia parroquial de Villaviciosa de Abajo, provincia de Albacete lindando con Murcia, son tremendamente lisos y están igualmente gastados, por causa del constante uso que los píos habitantes de tan insigne localidad hacen de su iglesia, adscrita a la advocación de San Cojoncio, mártir local durante las persecuciones de Diocleciano, que en latín era Coxoncius y que, además del acoso y martirio, y una muerte atroz habiendo de tragarse setenta ranas vivas mientras le azotaban donde la espalda pierde su casto nombre, hubo de sufrir la eterna humillación de la traducción de su nombre al Castellano.
Como todos los domingos y días varios entre semana, Mariloli era acompañada por su tía Conjonciana, solterona incasable -e insoportable- que había visto cómo sus posibilidades matrimoniales se esfumaban por su nombre, tradicional en su pueblo pero chocante en cualquier otro sitio de este mundo, y por la gran cantidad de pelo que poblaba su anatomía, enjuta y contrahecha, fruto de siglos endogámicos de Cojoncios y Cojoncianos, y Cojoncias y Cojoncianas. La tía Cojonciana se hacía acompañar por el señor Agapito, viajante de comercio en sus años mozos, allá entre guerras del norte de África y de hermanos contra hermanos, hasta que le saltaron media tapa de los sesos en el Gurugú, alistado en el Segundo Tercio de la Legión, siendo encargado de la intendencia del batallón. Aquello no le había sentado muy bien al señor Agapito, que había dejado de hablar, tenía un par de tics francamente desagradables de ver y de sufrir, y no podía contener la orina más que los breves instantes necesarios para ponerse en pie y gruñir algo con cara de desesperación, antes de irse por la pata abajo.
Aquel domingo no había sido menos, y el señor Agapito había interrumpido al cura, Don Cojoncio, (natural de aquel mismo pueblo, como podrán haberse imaginado a estas alturas de relato), con los gruñidos de rigor, antes de ensuciar el suelo de la Iglesia de San Cojoncio y San Agapito, que la beata doña Agapita (descendiente de otra de las familias endogámicas del pueblo y prima en séptimo grado de parentela de don Agapito -San Agapito de la Repolla, compañero de fatigas y martirio de San Cojoncio, y que tan solo tragó cincuenta y siete ranas y trece sapos, por lo que se le representa habitualmente con el culo al aire y rojo del flagelamiento, y una rana en una mano y un sapo en la otra) se aprestó a secar con la fregona de rigor.
Pero los pantalones y los zapatos de don Agapito seguían empapados de su podredumbre. Y mientras bajaban a Mariloli por las escaleras del atrio de la iglesia que un día, allá por mil seiscientos y pico, en la edad dorada de Villaviciosa de Abajo, aspirase a ser catedral, la húmeda pernera de don Agapito, merced al peso extra de la mojadura, se bajó hasta el suelo, siendo pisada por el zapato -también húmedo- del otro pié de don Agapito. Don Agapito dió un tremendo traspiés que acabó en casi una trecha, doña Cojonciana bocabajo cuan larga era (lo cual no era demasiado, por cierto) en el único escalón de los cincuenta y siete del atrio -en honor a las cincuenta y siete ranas de San Agapito, ya saben-, que era más ancho que los demás, don Agapito sentado en otro, orinándose encima de nuevo, y esta vez sin tan siquiera gruñir, del susto que pasó el pobre hombre, que ya se veía en la plazuela de abajo con la otra media cabeza abierta contra los adoquines, y la desgraciada de Mariloli cayendo maltrecha por las escaleras.
Ramón Torres, como si de un superhéroe de película americana de América del Norte se tratara, se abalanzó, interponiéndose, en la trayectoria parabólica descendente de Mariloli y, a escasos centímetros del adoquinado suelo de la Plazuela de los Santos Mártires Agapito y Cojoncio, la recogió con todo el amor de que era portador, amor ignorado cuando no despreciado por el resto del mundo.
Ramón Torres mantuvo entre sus brazos aquella preciosa criatura, vió su adorable rostro y pensó "he aquí a la mujer de mi vida, la que compratirá su existencia conmigo y nunca levantará su brazo contra mí, ni me herirá, ni me dirá nada que pueda molestarme, la que siempre estará pronta a recibir mi abrazos y mis besos y nunca protestará ante las demandas de mi amor por ella, que será eterno e irredento". Todo aquello era literalmente cierto, Mariloli nunca haría nada en contra de Ramón. Mariloli nunca haría nada. Mariloli no tenía brazos ni piernas y era muda de nacimiento y sorda de un oido. Mariloli notó el cálido abrazo de Ramón, la fuerza turgente de sus músculos en torno a ella y pensó... bueno, se supone que pensó algo acerca de la felicidad y todo eso. El equivalente, en suma, a lo que antes había pensado Ramón y que, merced a que él sí hablaba, hemos podido conocer de primera mano.
III
La oposición que don Cojoncio el cura, don Cojonciano el boticario, don Agapito Cojoncio el maestro y don Cojonciano el alcalde esperaban de doña Cojonciana, la tía soltera de Mariloli, nunca llegó a producirse. Todos esperaban que Mariloli, la niña bonita del pueblo -que ni era niña ni nunca había sido bonita, pero que por el hecho de ser la única habitante menor de sesenta años, que era la edad que tenía el siguiente habitante más joven de Villaviciosa de Abajo, lo era de facto-, fuese defendida a capa y espada por su única familiar directa (indirectos lo eran prácticamente todos por las prácticas endogámicas de aquella zona dejada de la mano de Dios).
Doña Cojonciana ni se lo pensó. Cuando vió a Ramón Torres por el rabillo del ojo -creo que es necesario recordar en este punto que estaba bocabajo en el escalón del atrio-, cuando se percató del amor inmenso que aquel hombre tenía por dar a su sobrina Mariloli, cuando pudo apreciar la felicidad que a todas luces podría merecer su pariente, en lo único que pensó fue en que podía al fin librarse de aquél fardo -en sentido literal e imaginado- que había sido su sobrina para ella a lo largo de gran parte de su miserable existencia.
Sus padres, don Agapito Cojonciano Rebullano Bullona y Cojoncia Luisa Agapita Bullona Rebullano, que tales eran sus nombres, tuvieron sólo dos hijas, Cojonciana Rebullano Bullona y María Luisa Rebullano Bullona. Desde la más tierna infancia, Cojonciana había envidiado a su hermana María Luisa. Era más guapa -lo que no era muy difícil-, más inteligente -que tampoco resultaba una proeza-, y tenía mucho más gancho con los chicos -en el pueblo había veinte o treinta jóvenes, que fueron distribuyéndose ordenadamente por las fábricas de Alemania, Suiza y Francia en los años de la posguerra, dejando solo en el pueblo a don Agapito, que ni era tan joven ni tenía mucho que hacer en Europa con su media cabeza y su orina incontenible. Y, lo más importante para la envidia de doña Cojonciana hacia su hermana: María Luisa no tenía más pelo que el habitual y esperable en una hembra de la especie humana.
María Luisa no se llamaba Cojonciana ni Agapita ni nada parecido porque su padre, don Agapito Cojonciano Rebullano Bullona, se había enamorado platónicamente de una ramera de la casa de lenocinio de la madán Lulú Pérez, sita en la MU-620, entre El Vainazo y Purias, cuando sus compañeros de batallón, en la "mili", se la beneficiaron uno tras otro, mientras él miraba embobado la belleza de las curvas de la tal meretriz, por entre las piernas de sus compañeros de armas. Tal fue su enamoramiento que, cuando le llegó el turno, no pudo dar consistencia a su arma de reglamento, y pasó los siete minutos treinta segundos que había pagado abrazado a su amada, mediando tan solo entre ellos los efluvios corporales que el resto del batallón habían dejado de recuerdo sobre el cuerpo de la prostituta. Al volver a Villaviciosa de Abajo, sabedor del embarazo de su esposa (esta vez ya no de penalti), decidió ponerle a la criatura el nombre de su amada meretriz, de lo cual nunca dió razón a nadie y que sabemos por las apasiondas cartas de amor que mandó al burdel durante veintisiete años, semana tras semana, aun cuando la joven en cuestión, que nunca contestó a sus largas epístolas, había muerto a los pocos meses de su encuentro, víctima de una paliza propinada por un adinerado cliente al que dañó seriamente cuando, en medio de una felación, sufrió un ataque epiléptico. El cliente no quiso saber de epilepsias ni cosas raras y le hizo pagar a la pobre chica por el tremendo mordisco. El incidente fue silenciado y nadie, excepto don Agapito Cojonciano Rebullano Bullona se acordó nunca más de la joven María Luisa, prostituta finada del burdel de la madán Lulú Pérez, entre Purias y el Vainazo, provincia de Murcia.
María Luisa intentó cazar a diez o doce de los jóvenes antes de que marchasen irremediablemente de Villaviciosa de Abajo. A todos, por el método del embarazo. Fingió estar preñada, ocultó sus menstruaciones a la familia, vituperó públicamente a todos y cada uno de sus pretendidos (que no pretendientes) hasta que, según reza en los archivos de una de las actas municipales, llegó a ser considerada, más allá de la miseria y el hambre, la principal causa de abandono de los jóvenes varones de la población, que huían de ella para no verse acosados.
A los pocos meses de irse el último joven de Villaviciosa de Abajo a Europa, la preñez de María Luisa se hizo, por fin, evidente. Pero ya no quedaba a nadie a quien cazar, ya que, conforme huían de ella, los jóvenes de la localidad no tenían el más mínimo reparo en mentir sobre su destino laboral, con tal de que ella no los siguiera ni continuase un contacto, en ese momento ya agobiante. De este modo, la sospecha de la paternidad de la prole de María Luisa quedó diluida entre los tres últimos en marcharse, cuya fecha de ida estaba dentro de los nueve meses que dura un embarazo normal.
Aunque aquél no lo fue.
A los sinsabores normales de un embarazo, sus molestias, pesadeces, vómitos y demás lindezas, hubo de sumarse la desmedida sed de vino de Cariñena que padeció María Luisa desde el tercer mes, y los constantes antojos de codillos de cerdo con un vaso de leche de cabra recién ordeñada. Dicen los expertos que no tiene por qué haber sido esto lo que influyese en la deformación de Mariloli pero que quizás la interactuación de tan poco equilibrada dieta con los puros habanos que María Luisa fumaba constantemente -y que, por cierto, acabaron por arruinar los pocos recursos pecuniarios que habían reservado sus padres para casar a ambas hijas-, fue lo que pudo llevar a que la pequeña saliese sin brazos ni piernas. Eso, o la endogamia, ya que los Rebullano y los Bullona se habían casado entre primos desde la Edad Media y, en algún caso en que falsificaron papeles y engañaron al párroco de turno, incluso entre hermanos.
Cuando nació Mariloli, doña Cojonciana fue quien asistió de comadrona. Como las demás jóvenes habían emigrado también -al no quedar jóvenes casaderos en el pueblo, espantados por María Luisa Rebullano Bullona-, y la más cercana de estas estaba sirviendo en casas en Murcia, todas las tareas hechas en aquél momento por mujeres, habían recaido en doña Cojonciana, dado el delicado estado de salud de su hermana, borracha y fumada de habanos durante casi siete meses, comiendo codillo y en un tris de pillar las fiebres de Malta por la leche de cabra.
Tal fue así que Mariloli fue alumbrada -lo de alumbrada es un decir- en la noche del 28 al 29 de Febrero, durante el famoso apagón que una tormenta con abundante aparato eléctrico causó, dejando a oscuras dicha región. Doña Cojonciana no cabía en sí de gozo al comprobar por el tacto que a la niña le faltaban bracitos y piernecitas, dada la tremenda envidia y gran odio que tenía hacia su hermana por haber espantado a los jóvenes, haberse pulido su herencia en puros, codillos de cerdo, Cariñena y leche de cabra y, sobre todo, por no ser un ser peludo hasta lo ridículo, como era ella.
María Luisa pidió, en la oscuridad, tener a su retoño en brazos. Doña Cojonciana, tras propinarle a ciegas un pugilístico puñetazo a la criatura para que llorase (¡y vaya si lloró, como para no hacerlo!), se la acercó a su hermana, con tal fatalidad que resbaló con un resto de placenta que estaba en el suelo, y cayó, también bocabajo cuan larga era (que ya sabemos que no era mucho), golpeando a la infatita con la cabeza contra la mesita de noche, a resultas de lo cual perdió el habla, que ya que había llorado era de suponer que hubiera hablado de mayor, según dijo don Cojonciano el boticario cuando lo supo, y dañándole también el oido, no contra la mesa, sino en el rebote subsiguiente, contra un varal del dosel de la cama. Por esta razón y no otra, María Luisa, la única sin pelo en su estirpe, decidió llamar a la criatura María de los Dolores Inmensos Rebullano Bullona, ya que aún se negaba a revelar la identidad paterna y no pudo ponerle los apellidos correspondientes. Abreviando, Mariloli. Al cabo de pocos minutos el apagón fue solucionado y el suministro eléctrico restablecido. Doña Cojonciana pudo, al fin, volver a agarrar a Mariloli, que con la caída se había escapado de sus manos y que, sin luz, no lograba encontrar de nuevo, y se la mostró a su madre. Fuese porque la niña sangraba abundantemente por los golpes, porque le faltaban brazos y piernas y comenzaba a estar amoratada, porque doña Cojonciana también sangraba, especialmente por la nariz, porque el trozo de placenta en cuestión se había alojado en el pelo de doña Cojonciana, o por indigestión de las últimas raciones de codillo y Cariñena, doña María Luisa falleció de improviso, dejando huérfana al cargo de su único familiar vivo -la madre había muerto del disgusto cuando María Luisa acosó al cuarto de los jóvenes en marcharse del pueblo y su marido se había suicidado rellenando todos sus orificios de respiración hasta asfixiarse con boñigas de vaca, apesadumbrado por la indecorosa conducta de su hija, por el excesivo pelo de su otra hija, y por la impresión de la muerte de su esposa, que murió mientras hacían uso de matrimonio, estando ya tiesa y enfriándose cuando él acabó.
La boda entre Mariloli y Ramón Torres se celebró a la carrera. Por ella, porque su tía doña Cojonciana no veía el día en que pudiese librarse de su cuidado; y por él, porque ardía en candoroso deseo de ser su esposo y porque el alquiler del destartalado coche en que viajaba le obligaba a devolverlo a los dos días. Pero estos fueron suficientes para que don Ramón y doña Mariloli, señores de Torres, convenciesen a unos y a otros -en realidad fue don Ramón el que se encargó de los convencimientos, ya que ella le daba apoyo moral -en realidad también quería irse de Villaviciosa de Abajo y separarse de su tía Cojonciana-, hizo los papeleos correspondientes y preparó, en suma, la ceremonia.
Ésta fue rápida y sencilla, ya en el segundo día tras su bienaventurado encuentro. Tras la ceremonia nupcial, en que don Ramón había dicho, lleno de dicha, un esplendoroso "sí, quiero", y Mariloli había emitido una especie de mugido que todos entendieron como de asentimiento, don Cojonciano, el cura, le llevó aparte tras la ceremonia y le habló del amor, de la familia, de las relaciones con su esposa y de cómo llevarse bien. En suma, de esas cosas que los curas dicen a los casaderos y de las que tan poco -generalmente- saben.
No hubo banquete ni posterior convite de ningún tipo porque le quedaban tres horas para devolver el coche. Así que metió a su esposa en la tartana, todavía enfundada en el traje de novia y el velo colgando cuarenta centímetros abajo de sus muñones, la ató como pudo con el cinturón de seguridad para que no se le viniese encima en las curvas ni se golpease contra el salpicadero, metió su maleta en el maletero y un bolso de cuero con los dos vestidos de diario de la novia y los tres pares de zapatos que algún pariente gracioso le había regalado en varios cumpleaños, hasta que el alcalde y el cura fueron a hablar con el gracioso. Ramón cerró con gran premura, montó, arrancó y salió de la adoquinada Plazuela de los Santos Mártires Agapito y Cojoncio como alma que lleva el diablo. La asombrada concurrencia se hizo voz en doña Cojonciana que, si bien estaba deseando librarse de ellos cuanto antes, no fuese a ser que decidiesen quedarse en el pueblo, preguntó asombrada, con estertórea voz:
-Pero, ¿y el matrimonio? ¿No lo vais a consumar?
-¡Por el camino, señora! -gritó don Ramón mientras giraba el volante, aceleraba el automóvil y reparaba, por vez primera, en la abundante mata de pelo que asomaba por el escote del vestido nupcial de Mariloli.
IV
Llegados a Madrid, don Ramón introdujo a su esposa en su nuevo hogar, la depositó en la cama, la desvistió y contempló, extasiado, aquel cuerpo sin extremidades que le observaba, inmóvil, callado, expectante. Tampoco podía hacer otra cosa, claro.
Sus temblorosas manos fueron deshaciendo lazo tras lazo, desabotonando botón tras botón, bajando cremallera tras cremallera, quitando horquilla tras horquilla, alfiler tras alfiler e imperdible tras imperdible. Tal fue su concentración en la tarea que no se fijó en la piel de Mariloli hasta que ésta se hallaba en completa desnudez. Y aun entonces, por más que se fijó no pudo ver nada de piel, tal era que Mariloli estaba cubierta por una densa capa de pelo grueso, esponjoso, de color zanahoria, igual que la larga y poblada cabellera que caía por su pecho.
Ramón, excitado, abrazó el objeto de su idolatría, sintiendo lo mullido de la pelambrera de su esposa, y comenzó a acariciar la capa de pelo de encima de su cuerpo, haciendo tirabuzones y bucles con aquellos puntos en que el pelo era todavía más largo, como eran las axilas, la entrepierna y los pezones. Tras mucho escarbar pudo, al fin, tocar su lechosa piel, sintiendo estremecimientos de placer y frío, puesto que también se había desnudado. Ella, con tanto pelo, estaba en una temperatura ideal. El pelo naranja se extinguía súbitamente por encima de los pechos, dejando su blanca epidermis al descubierto hasta la cara, llena de pecas, que no aparentaba de ninguna forma que, debajo de su ropa, pudiese albergar tanto pelo, todo naranja, todo mullido.
La vida de Ramón Torres cambió radicalmente. Era un hombre nuevo, con ideas felices, con iniciativa, seguro de sí mismo, dispuesto a conquistar el mundo y a hacerse sitio en la fábrica de papel higiénico en que trabajaba. Había visto ascender a todos sus compañeros, a los que entraron al mismo tiempo que él y a quienes lo hicieron en los quince años siguientes, mientras él ocupaba, con maestría inigualable, el mismo puesto. Aunque en realidad, nadie se dió cuenta, ni de que no había ascendido, ni tan siquiera de que trabajaba allí.
Un día, al poco tiempo de su matrimonio, un chico nuevo al que las parentelas y el nepotismo habían colocado de jefe de personal, revisando expedientes, topó por casualidad con el suyo, observó atónito que llevaba quince años en un puesto de prueba y decidió ascenderlo a supervisor, principalmente porque el trabajo que con tal destreza desempeñaba iba a pasar a realizarlo una máquina, última tecnología alemana diseñada por Günther Fragen, nombre adoptivo de Cojonciano Agapito Rebullano Rebullano, único habitante de los emigrados de Villaviciosa de Abajo, (provincia de Albacete lindando con Murcia) a Alemania que triunfó en la vida y último de los pretendidos por María Luisa Rebullano Bullona en huir de su localidad natal.
Con tales noticias llegó don Ramón a su hogar, donde le esperaba su esposa -que no podía ir a parte alguna- y, mientras la bañaba con abundante champú por todo el cuerpo, le relató cómo el nuevo jefe de personal se había fijado en él y le había ascendido por sus méritos y fidelidad a la empresa. El sueldo de supervisor era más alto, pero con él harían una excepción y le mantendrían el mismo que cuando era simple operario. Diciendo esto se le cayó al suelo el bote de champú. Maldito champú, ni comprando el más barato conseguía llegar a fin de mes. Si su esposa no tuviese tanto pelo... a él le encantaba, le excitaba. Era un toque de distinción, ella tenía lo que no tenía nadie. Acariciar su culo era hundir las manos en un abrigo de piel de nutria canadiense, masajear sus senos, turgentes y duros como piedras, era como apretar dos medios cocos de color zanahoria. Pero, ¿y si tuviese un poco menos de pelo? No mucho, solo un poquito, lo suficiente para no gastar dos botes de champú en todos y cada uno de sus baños diarios.
Con el tiempo, el pensamiento sobre el champú llegó a ser agobiante. En el nuevo puesto, al no tener que usar las manos sino tan solo que observar y esperar por si la máquina fallaba, tenía tiempo de sobra para meditar acerca de los pelos zanahoria de su esposa, de la necesidad o no de bañarse a diario y del gasto excesivo en champú. Maldito champú. Maldito el que inventó el champú y el que lo vendía, y el que lo fabricaba, y el que miraba la máquina que lo fabricaba por si se rompía. Malditos pelos que tanto champú gastaban.
Un día, pasado ya un buen tiempo de meditaciones y desvaríos acerca de pelos y champús, cuando Ramón había desarrollado una forma primaria de comunicación en ambos sentidos con Mariloli, se atrevió a exponerle sus temores y preocupaciones acerca de la imposibilidad de acabar el mes con dinero, principalmente a causa del, llamémosle así, problema capilar congénito de su esposa.
Él le adornó el asunto con que si la depilación era la última moda, que si los hombres se excitaban más, que si a las mujeres les gustaba y les chiflaba y que la última moda era, que si la depilación era... y mientras, no dejaba de pensar en que a él lo que le gustaba era mullirse en su pelambrera densa y acogedora. Pero no podía ser, el gasto en champú era excesivo.
Convinieron -convino él, ella mugió- en hacerse con los servicios de expertos. Como el transporte de su esposa era, cuando menos, dificultoso, solicitó que acudieran a su domicilio, "para evaluar los costes derivados de la reducción capilar" de su esposa. Los técnicos, naturalmente, no entendieron nada. Nunca habían hecho ninguna apreciación previa de costes de una reducción capilar, fuera de los precios de su catálogo. Cejas, tanto; ingles, cuanto; integral, tal; láser en los pezones, cual. Pero siempre a precio cerrado. Eso de "evaluar los costes derivados" era superfluo e innecesario, por lo que acudieron a la cita ataviados para comenzar la primera sesión.
Su sorpresa, cuando vieron una especie de estropajo naranja gigante con cabeza pero sin brazos ni piernas, que lloraba de vergüenza y que sólo podía emitir una especie de mugidos que, a pesar de ser iguales unos de otros, sólo comprendía su marido, que los traducía con mayor o menor credibilidad, estuvo a punto de llevarlos al colapso. Perico, el más veterano de los dos, llevó a su compañero Pablo a un aparte y le dijo, al borde del ataque de risa:
-Mira, tío, esto es demasiado para mí. Si tú te quieres quedar, te quedas, pero yo me voy a contárselo a todos, esto es demasiado, esto es demasiado... -repetía mientras se alejaba, escaleras abajo.
Pero Pablo, que era un gran profesional, serio y eficiente como el que más, decidió quedarse. No había tenido muchas oportunidades de medrar y aquello se le apareció como una ocasión única en que vencer las mayores adversidades y sobreponerse a las peores condiciones, para conseguir que aquella criatura alcanzase la tremenda, inigualable, suprema felicidad que únicamente otorga la mejor de las depilaciones. Así decidido, entró de nuevo en aquel hogar arruinado por la pelana, dividido por los sufrimientos que causa tener pelo donde no debiera, con la determinación de llevar al Universo a su orden natural.
Comenzó por medir los pelos y sopesar las características de las distintas zonas capilares. Si bien la cara no era problemática, pues aun ostentando una larga y ampulosa cabellera, ni lucía patillas decimonónicas ni barba o mostacho. De hecho la cara, una vez que se dejaba de mirar el resto de su cuerpo, no era nada fea. Las facciones eran ovaladas, dulces y acogedoras. El pelo naranja, formando bucles en su caída le daba un toque entre exótico y morboso... En cuanto no tuviese pelo en el cuerpo...
Ramón, todavía enfadado por el comportamiento de Perico, apreció sobremanera la actitud profesional e interesada de Pablo, al que explicó con claridad meridiana sus deseos.
-Mire, la cantidad de pelo de mi esposa hace imposible una higiene adecuada y una vida normal. Quisiera que redujese el volumen capilar corporal de mi esposa, no eliminarlo, simplemente... acortarlo. No sabía si llamarles a ustedes o a un peluquero, pero al final me decidí, tienen un anuncio tan atractivo en televisión... Y les anuncia la Cadena de Oro en la radio, es la que siempre oigo en la fábrica. Claro, eso ya lo deben saber, ustedes pusieron el anuncio. Dígame cuánto podrá costar, no reparo en gastos pero quiero un servicio con la mayor calidad posible.
-No se preocupe -respondió Pablo-. Con un poco de paciencia y nuestros productos, verá cómo su esposa recobra la felicidad.
El hecho de que a la pobre mujer le faltaran brazos y piernas, no pudiera hablar y estuviese sorda de un oído no parecía ser determinante; con que la dejasen con un peinado "a lo Manolo" en todo el cuerpo bastaría para hacerla eternamente feliz.
Ramón marchó a la fábrica, radiante y satisfecho como hacía meses que no estaba. Tenía perfectamente claros los pasos que iba a seguir para hacer de su mujercita la persona más feliz del planeta. En primer lugar, con el ahorro en champús, pagaría la cuenta de la clínica de estética. Tratamiento, mantenimiento, etcétera. Luego, una vez saldada, ahorraría lo suficiente para comprarle ropa, sombreros, incluso pagar a alguien para que le hiciese compañía en sus horas de soledad. Y, lo más importante, hacerle un regalo por la felicidad que ella le daba a él: en primera instancia pensó en comprarle un brazalete de oro y piedras, pero en cuanto reflexionó un poco, se decantó por un collar, una gargantilla de oro con diamantes y rubíes engarzados que había en el escaparate de la joyería que estaba junto a la parada del autobús para ir a la fábrica. En seis, siete meses a lo sumo, podría ahorrar lo suficiente.
Pablo se sentó junto a la señora. Ella le miraba, torciendo la cabeza, y prístinas gotas de llanto se deslizaban por sus mejillas, empapadas, hasta perderse en el laberinto de su pelambrera corporal. Él comenzó hablándole, explicándole que no debía sentir vergüenza, que por un lado él era un profesional y su oficio consistía en llevar la felicidad a las mujeres y el destierro a los pelos, que su marido la amaba y por eso le había contratado y que era un problema más común de lo que parecía. Como Pablo nunca había estado en Villaviciosa de Abajo, no sabía que existían más casos como el que tenía delante, sin ir más lejos, el cura, el alcalde, el boticario o la tía Cojonciana, solterona irreductible. Por eso mintió. Nunca había visto tanto pelo junto, ni siquiera cuando su gato vomitaba las bolas de pelo que se tragaba.
Como el marido, aquel tipo siniestro y desagradable, no quería que atajase el problema de raíz (nunca mejor dicho), comenzó por aplicar el último invento del alemán Profesor Doctor Günther Fragen, la Cortadora Capilar Haarkutter, que estaba por estrenar. Comprobó el estado extremadamente afilado de las cuchillas, cortándose un dedo, que succionó inmediatamente mientras seguía las instrucciones de montaje con la otra mano. Las encapsuló bajo la guarda de seguridad, le introdujo el tubo alargador y éste en el cuerpo del motor, insertó el cable para enchufarlo a la pared y... ¡aquello parecía una batidora! Revisó el montaje, advirtiendo que estaba correcto. Un resquemor comenzó en su interior. En la clínica nadie sabía nada del Haarkutter de Günther Fragen, eso era una iniciativa personal suya. Pero la ocasión lo merecía. Tenía que hacer felíz a aquella mujer. Debía hacerlo.
En la segunda pasada de cuchilla, los pelos enredaron el actuador del motorcito, impidiendo el giro rotacional de las cuchillas. El motor eléctrico, accionado para seguir girando, se calentó tanto que sobrepasó la temperatura máxima a la que Günther Fragen lo había probado, haciendo que el plástico protector se fundiese e inutilizando así tan preciado invento.
Pablo, decidido a vencer cualquier dificultad que se le plantease, guardó los restos del Haarkutter y sacó unas tijeras Tres Claveles a prueba de cerdas. Pero éstas acabaron mellándose al cabo de varios trasquilones. Probó ungüentos, potingues y cremas, y ninguna tuvo efecto. Quitaban pelos, sí, pero tras gastar ocho tubos de crema en una zona aún quedaban pelos suficientes como para no dejar ver la piel. Agotó todas las existencias de potingues, quebró o inutilizó todos los accesorios y agotó hasta hacer inservibles los aparatos electromecánicos que portaba. Nunca antes había tenido que afrontar una situación como aquella. La desesperación se apoderaba de su ánimo, cuando ella comenzó a llorar de nuevo, mientras mugía desconsoladamente. Había que hacer algo. Algo drástico. Algo definitivo.
V
-Zeñod Gutiédzez, ¿puede decidme de qué ze díe uzted?
-Disculpe, señor inspector, simplemente recordaba algo que me contaron anoche, una anécdota sin importancia...
-Mide, puedo tened un defezto en el habla pedo no zoy tonto. Y ademád zoy inspectod de tdabajo, le puedo meted un pudo que ze va a cagad uzted y zu empdeza. ¡A ved loz edzpedientez del pedzonal, codnio!
-Venga, hombre no se ponga así, el chico le dice la verdad... Yo ni siquiera había notado que tuviese ningún problema al hablar -dijo don Aureliano, el Director Ejecutivo de la fábrica de papel higiénico.
-Los expedientes, señor inspector... jrn, jrn, jrn -se rió de nuevo el señor Gutiérrez, don Ramiro, nepote enchufado por su tío, don Aureliano, como Jefe de Personal.
-¿¡De qué codnio ze díe!? ¡Le voy a poned un multón que no lo va a pagad ni en tdeintaytdez vidaz! -dijo el inspector, señor Rebullano, don Cojonciano, natural de Villaviciosa de Abajo, de donde había salido huyendo en sus años mozos, acosado y perseguido por una moza casadera que no le dejaba vivir en paz. Don Cojonciano, tras haber estado tres meses en París, volvió a España ya que, aunque tenía conocimientos del idioma francés a nivel de filólogo, no conseguía hacerse entender en la Ville Lumière. Así que volvió y opositó, de modo que, por antigüedad y sin haber aprobado un examen oral en su vida, fue ascendiendo hasta el puesto que ahora ocupaba, de inspector de trabajo.
Comenzó con los expedientes de becarios y becarias, continuó con los de personal contratado a régimen temporal y, sin haber encontrado nada a qué aferrarse, siguió con los del personal fijo. Esa era una vía muerta, nunca había encontrado nadie causa alguna contra personal contratado fijo indefinido, desde que en abril del sesenta y siete, don Agapito Bullona, tío del presente, y a la sazón también inspector de trabajo, destapó el famoso caso del burdel de Madán Lulú, entre Purias, Albotordo y El Vainazo, los tres provincia de Murcia, en que habían contratado rameras como personal indefinido y una de ellas había desaparecido, presumiblemente asesinada, pero la madán del inmueble había seguido cobrando por ella. Aquel caso fue un hito en los círculos de los inspectores de trabajo, y don Agapito comenzó una carrera fulgurante en la que casi llega a ministro.
Cuando don Cojonciano Rebullano había perdido toda esperanza de poder vengarse de aquella empresa por la burla que habían hecho de él, primero por su nombre, luego por su abundante pelo corporal, que asomaba por las mangas y cuello de la camisa y atravesaban como espadas de mago la malla de los calcetines ejecutivo que llevaba, y por las matas de pelo que salían de sus orejas y nariz y que, si bien eran esquilmadas cada noche, a eso del mediodía suigiente ya eran claramente visibles. Y por último, por su defecto en el habla. ¿Qué culpa tenía él de ser peludo, llamarse Cojonciano y no poder hablar bien? El escarnio al que le habían sometido había de ser lavado con sangre... Y sangre era justo lo que tenía entre sus manos: el expediente de Ramón Torres.
-Veamodz: Edzte zedniod ha eztado tdabajaddo pada uztedez dieziziete adnioz, lo han tenido quinze de apdzendiz cuando en zu contdato dezía que tenía que pdomozionad en zeiz mezez, y ahoda lo tienen cobdando lo midzmo que cuando entdó. Zedniod Gutiéddedz, ¡acabo de pidadlo pod lodz cojonez!
Gutiérrez sintió cómo el inspector lo agarraba, con mano invisible, por sus cataplines, sintió el calor de la imaginaria mano de Cojoncio Rebullano apretarle hasta dolerle en el plexo solar y cómo se le erizaban todos los vellos de la espalda, se le apretaba el estómago y le subía la náusea hasta la garganta.
Don Aureliano, en un rápido gesto de contraataque, fruto de su experiencia como ejecutivo, harto de tratar con la Administración, hombre de mundo y de recursos, puso un maletín encima de la mesa, con la mano izquierda lo abrió y le mostró a don Cojonciano la suma de dinero que contenía, mientras le miraba fijamente, con la cabeza ladeada a la derecha.
Pero don Cojonciano era hombre de principios sólidos, y además estaba muy enfadado con aquella empresa. Como no podía renunciar al uso del papel higiénico, se propuso restablecer la dignidad moral y económica de aquel Ramón nosequé, que ya tendría que ser, por lo menos, interventor de aquella empresa, en lugar de supervisor de producción con sueldo rebajado.
Pablo enchufó su bisturí láser, nada que ver con aquellos cañones láser primitivos que se usaban hacía sólo diez o doce años, que pesaban media tonelada y ocupaban una habitación entera. Un bisturí del tamaño de un puntero, un pequeño transformador y un generador de luz, no más grande que una maleta de médico, eran todo su equipo. Indudablemente, los laboratorios Günter Fragen de Alemania habían hecho un gran trabajo.
El tiempo de exitación de los electrones era increíblemente bajo, y en un plisplás estuvo listo para comenzar la fotodepilación por láser de aquella adorable criatura, de rostro angelical, cuya falta de brazos y piernas daba un aspecto al tiempo entrañable e indefenso, lo que acrecentaba su atractivo.
Ese odioso engendro que era el marido de tan excelsa sirena le había dicho que, definitivamente, no reparara en gastos y que hiciese lo que debiera; si era imprescindible la depilación total, pues adelante, el precio no era un inconveniente.
El dinero de la indemnización de la fábrica, una buena cantidad en concepto de atrasos, daños y perjuicios, intereses de demora y su nuevo estátus de Jefe de Personal le habían aportado una tranquilidad económica como nunca había vivido, especialmente desde su matrimonio. Amaba a su esposa. Mucho más allá de lo imaginable. Desprenderse de los pelos que recubrían el cuerpo de ella había sido una decisión terrible para él. Conforme el tratamiento surtió efecto, aquella pelambrera que le dió tantas satisfacciones dió paso a un cuerpo escultural, parecido al de la Venus de Milo, pero sin piernas. Pero, al igual que se había obsesionado con los champús, su naturaleza le volvió psicótico respecto a los pelos. Despidió a la secretaria de pelo largo y castaño, color caoba, que tenía y contrató a un cincuentón calvo como una bola de billar. Él mismo se rapó al cero y después se afeitó con cuchilla. No soportaba ver ni un solo pelo, ni tan siquiera de los que, tras el tratamiento, le habían quedado a su esposa, es decir, cabellera, cejas y pestañas. Todo lo demás había sido eliminado: cuerpo, espalda, axilas, hombros, senos, pezones, ombligo, muñones, pubis y glúteos. Incluso le habían aplicado láser en el ano, eliminando total y definitivamente cualquier vestigio de pelo de su anatomía.
Cuando hacían el amor, él le ponía una especie de gorrito color piel que tapaba su otrora larga cabellera pelirroja, con tal de no ver siquiera uno de sus cabellos.
En ocasiones se despertaba sudoroso en medio de la madrugada, soñando que un joven musculoso torturaba a su esposa ante él, arrancándole pelo a pelo de su antigua frondosidad mientras ella mugía aterradoramente. Otras veces, cuando veía a alguna señora adinerada enfundada en un abrigo de pieles, notaba cómo subía la nausea desde su estómago, y a duras penas podía reprimir vomitar. Tiró las sábanas de felpa, regaló su bata de terciopelo y dio a beneficencia todos sus pantalones de pana. Sacrificó su perro de lanas y se hizo con un terrario y varias ranas verde radiactivo, de las conocidas como "ranas de San Cojonciano", y un par de "sapos de San Agapito", amoratados, grandes y viscosos, pero sin el mínimo atisbo de pelo o pelusa. Cambió la manta de lana por un edredón de pluma forrado en raso y tiró, entre otras muchas cosas, los guantes de pelo de conejo y el juego de brochas y pinceles de pelo de nutria, que cambió por aerosoles de distintos colores para acabar sus manualidades.
Así fue transcurriendo el tiempo, mientras Ramón Torres se acostumbraba a vivir sin pelos. Él mismo se depiló el cuerpo entero. Como Pablo había de continuar haciendo a su esposa un tratamiento de mantenimiento para evitar que saliese pelo alguno más, aprovechó su estancia, y con las reservas de una paga extraordinaria y otra de beneficios, culminó su autodestructivo deseo de eliminar hasta el último rastro de pelo que pudiese haber habido en su organismo. Y sin embargo, cómo añoraba los pelos mullidos y acogedores de su esposa. Maldito champú. Malditos pelos. Maldita vida...
VI
Comenzó en la oficina. Con el nuevo trabajo no había tanto tiempo para pensar. Cuando no eran reuniones era el desarrollo de planes, almuerzos de trabajo, negociaciones y entrevistas.&