Penélope - JapaneseKiddo(san luis)

Día 18

Te lo he dicho cien veces ya, Penélope –contestó su hermana mayor impaciente–. Todo está en el Libro Sagrado.

Si, eso ya lo sé –reiteró ella–. Lo que quiero saber es quién más, a excepción de Los Grandes Sabios, ha leído ese libro.

Nadie Penélope, nadie –contestó Viola con acritud–, pero eso no te da derecho a dudar de su existencia…

En realidad, no era su culpa. Penélope contaba con aquella indómita suspicacia que a su hermana Viola, de carácter más resignado y sumiso, se le antojaba incorregible.

Los Grandes Sabios, antiguos como la misma Diosa –recitaba Viola tratando de instruir a su hermana–, evolucionaron a una raza superior que prevalecerá hasta la eternidad oculta en los confines de la piel…

Penélope sólo escuchaba palabras vacías, sordas.

–… En el crepúsculo del día veintiuno, un atroz vellocidio tendrá lugar y el mundo Bikini, tal y como se conoce, desaparecerá. Ésta es la voluntad de la Diosa Todopoderosa.

¡Vamos, Viola! –azuzaba Penélope–. Acepta que tú tampoco crees todas esas patrañas.

Habla por ti misma, blasfema –contestó Viola hoscamente–. Si aquello no fuese cierto entonces dime por qué nadie acá tiene más de veintiún días de vida, ¿eh?

Penélope apenas si abrió su boca para responder cuando Viola agregó:

Dime sabihonda, ¿de dónde crees que venimos?

Hasta donde recuerdo –masculló burlonamente–… de un hueco grasiento.

¿Cómo te atreves? La Diosa, madre dadora de vida, nos permitió nacer…

En un hoyo –completó Penélope con voz inaudible.

Crecer…

Hasta el día veintiuno… para luego matarnos –concluyó Penélope con resuelto desdén ante la iracunda expresión de su hermana.

¡Por Diosa! –vociferó Viola en el límite de la desesperación–. ¿Por qué tenías que ser tú mi hermana?, ¿por qué?

Porque estábamos en el mismo folículo –agregó riendo–. Agradéceselo a tu Diosa…

Día 19

Quedaban dos días para el exterminio total de la especie y el pánico se alargaba como una sombra tras los habitantes del Bikini. Ya no se trataba de aquella lejana inquietud de los primeros días de vida, sino del fatídico hado que se aproximaba con arrobados pasos de gigante.

Para la media tarde, los ánimos enardecían en hemisferio austral de la Diosa. Bajo el infernal cobijo de la “sensual” y ceñida ropa deportiva, una oleada de calor y oscuridad arreciaba sobre el Bikini. La cordura de sus habitantes recorría el camino hacia la perdición. Sintiéndose como en un hervidero; los vellos gritaban, lloraban y algunos valientes simplemente esperaban en silencio el fin del mundo.

Para cuando el reloj, junto con su cuenta regresiva, sucumbía en un mar de desesperanza; el omnipotente tacto de la Diosa penetró junto a miles de rayos luminosos, y luego, la calma. De la eterna fuente manantial de la Diosa, agua fresca recorrió cada sendero, valle y meseta del Bikini. Cada uno de los vellos, los deshidratados, los inconscientes y los moribundos, despertaron a la vida. Aunque fuese por sólo un par de días más.

El descanso llegó por fin y como adivinando el deseo más ferviente de cada uno de sus súbditos, la Diosa vistió aquellas bragas de dormir de algodón blanco y poroso que se revelaban como la última concesión a un condenado a muerte. La aterradora oscuridad que unas horas antes asfixiaba al Bikini, se transformó fortuitamente en una liviana penumbra en la que todos los vellos tuvieron ocasión de reflexionar. Penélope no era la excepción.

¿Qué es lo que te propones ahora? –inquirió Viola.

¿Ah? –dijo al cabo de unos segundos como regresando de un trance profundo–, ¿cómo dices?

¿Cómo? –imitó Viola con sorna–. Has estado sospechosamente silenciosa… –hizo una leve pausa para hurgar en su interior con la mirada y agregó–: Ni siquiera recuerdo un día de la vida en el que no haya tenido que escuchar tus sandeces…

Penélope no la escuchaba, se encontraba absolutamente ensimismada formulando y descartando posibilidades. Recordaba que cuando tenía once o doce, había escuchado una conversación entre dos de sus vecinas, Antonia y María, las chismosas del barrio. Ellas habían estado hablando sobre la leyenda de Bellodoro, un vello que había vivido más de veintiún días.

Bellodoro, según decían, era un vello muy particular. Estaba obsesionado con perpetuar su existencia y alcanzar la vida eterna. Se dice que a la edad de nueve días ya había ingeniado un plan para sobrevivir al primer apocalipsis y que había usado a su hermano gemelo para llevar a cabo su plan. Sacrificando su propia ración de nutrientes, Bellodoro se había ajustado a una estricta alimentación que le permitía apenas subsistir. De esta manera, su hermano, tan orondo como tonto, comería y crecería tanto que terminaría por cubrirlo (y ocultarlo) bajo su exorbitante mole.

El día veintiuno llegó y cuando la avalancha de cera caliente acabó con todos los vellos que alguna vez Bellodoro conoció, incluyendo a su propio hermano, él vivió. Su hermano, rechoncho y largo, no había tenido ya espacio dentro del hoyo que compartían y se había curvado como un caracol sobre la fina complexión de Bellodoro. Así, involuntariamente, lo había protegido de la mortífera cera y también de la tela, la terrorífica removedora de cadáveres.

Los gimoteos y sollozos de algunos vellos vecinos y los gritos de quienes despertaban de alguna pesadilla, sacaron a Penélope de sus profundas cavilaciones. No se les puede culpar –pensaba mientras se curvaba sobre sí misma–… pero yo… no puedo conformarme con aceptar mi destino…

Un sueño largo y reparador la cobijó hasta la media mañana del otro día, el penúltimo día.

Día 20

Según la leyenda, Bellodoro había logrado ver el amanecer del día veintidós y aunque aquello constituía un logro sin precedentes, había quedado al descubierto. Desde ese momento, sobre la piel blanca y mórbida de la Diosa, él era único. El Bikini, anodino de no ser por algunos parches de terreno incinerado y por él mismo, estaba completamente desierto.  

A partir de ese día, Bellodoro empezó a alimentarse de forma excesiva. De la piel, aparentemente yerma, él succionaba los mejores nutrientes y se aseguraba de no dejar pábulo disponible para que alguien más se desarrollase allí. Quería y necesitaba ser el único, el más fuerte. Disimular su existencia era imposible pero volverse invencible, no.

Inescrupuloso. Ese era el único adjetivo que le iba bien a Bellodoro. INESCRUPULOSO con mayúsculas. Este repulsivo atributo era la única razón por la que otros vellos no habían logrado llegar hasta donde él había conseguido llegar. Tal vez, ningún otro vello sobre la faz de la piel sería capaz de utilizar las debilidades carnales de su propio hermano para sobrevivir a una hecatombe. Más improbable aún, que para subsistir una segunda, alguien se atreviera a construir un fuerte con sus propias deyecciones o masticara sus propios miembros para que éstos, al infectarse, produjeran secreciones. Nadie, excepto él, podría vivir dentro de una burbuja de nauseabundos fluidos.

Nadie. Sólo Bellodoro –reflexionó Penélope en voz alta.

Bellodoro logró sobrevivir al segundo exterminio gracias a su repugnante plan. Sin embargo, cuando empezaba a cavar un túnel bajo la piel para resistir un tercero, perdió su vida. La maquinaria no divina pero eficaz de la Diosa, un depilador, logró perpetrar en la maculada cúpula que a Bellodoro servía de zulo. Asiéndolo firmemente, la Diosa lo extirpó para siempre de su mundo.

Bellodoro…–farfulló Penélope bamboleándose sobre la delgada línea que separa la dimensión real de la onírica–. Mañana… oh… –bostezó–, quizá mañana se me ocurra algo.

Día 21

Era el día del juicio final, el fin del Bikini era inminente. Muchos pasaron sus últimas horas de vida en solitario, otros cuantos tenían al menos un hermano para conversar, y los más afortunados, contaban con dos y hasta tres hermanos para confortarse. Sin embargo, la mayoría tenía que gritar desde su folículo si querían charlar con los vecinos más próximos.

Los habitantes del Bikini ya no sentían presión o tristeza. En realidad, transcurridas las últimas horas de vida y habiendo disfrutado de ésta a plenitud, sólo queda espacio para la resignación. La hora se acercaba y todos podían sentirlo. No obstante, el destino de un vello oriundo del Bikini es morir en plena juventud y se supone que todos están preparados para ello. La mayoría, al menos.

Y entonces sucedió. Un movimiento suave y la luz lentamente comenzó a cubrir al Bikini, que como en pocas ocasiones, se encontraba totalmente al descubierto. La zona de impacto primaria fue la zona meridional. Se escuchaban los gritos desgarradores de los vellos alcanzados por la mortífera y férvida cera, las súplicas incesantes de quienes atisbaban el verdugo justo antes de morir y al final, sólo reinaba el ensordecedor silencio de las víctimas apresadas entre capas y capas de cera, esperando a ser removidas para siempre.

Para el Bikini, otro día veintiuno había llegado a su final y una nueva era renacía. La cera, como lava de volcán había arrasado con toda la población. Incluso en las zonas más afectadas, aquellas donde la piel había sido lastimada, quemada o herida; renacería una nueva generación de vellos protectores; soldados dispuestos a dar la vida por su Diosa, a alejar toda amenaza, todo enemigo.

Día 22

No por cobardía más si por el derecho al libre albedrío, una vello sobrevivió. Bajo un delicado y refrescante manto de loción hidratante que rezumaba al interior de su túnel, Penélope abrió sus ojos y despertó al vigésimo segundo día de su vida.

El día anterior había sido realmente agotador y lo único que quería era descansar. Durante todo ese día se había dedicado por completo a cavar un túnel sin que su hermana, sumida en la depresión total, siquiera se percatara. Con impresionante habilidad y paciencia, Penélope había conseguido romper el saco que la contenía y a partir de un pequeño agujero, había logrado excavar un pequeño ducto bajo la piel.

Atorada, con la mitad de su cuerpo dentro de su folículo natal y la otra en medio de su túnel, había logrado ocultarse. Desde allí, sin embargo, había escuchado morir a todos quienes conocía. Todos habían muerto, su propia hermana había muerto y ante aquel desconocido sentimiento de soledad, Penélope lloró, lloró inconsolablemente hasta quedarse dormida.

Día n

El Bikini fue el hogar de muchas generaciones de vellos. Varios días, meses y años transcurrieron en el poderoso reino de la Diosa y al amanecer de cada vigésimo segundo día, la piel, fértil y anodina, engendraba nueva vida. Sin embargo, si se observaba con verdadera atención, allí, bajo una fina capa de piel, yacía Penélope, la sombra de una inmortal.

·FIN·

 
         
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