TARDE DE OTOÑO, AMOR Y PELOS... - Anele Madrid

Ésta que voy a contar, es una historia real, ¿o no?. Es una de esas aventuras que al principio no se cuentan a nadie (o a muy poca gente) y cuando pasa el tiempo se convierten en una anécdota de sobremesa para que todo el mundo eche unas carcajadas. Pues bien, es una historia que tiene que ver con una cita, con amor, con ponerse guapa, con imprevistos y como no, con pelos.

 
Era una tarde de otoño, de las que el viento suena tras las ventanas y agita las ramas de los árboles, dejando un silbido especial; a ese tipo de tardes a mi me gusta llamarlas “tardes de brujas”, ya que tienen un cierto toque de magia y parece que siempre traen noticias, nuevos eventos, algo sorprendente.
 
Aquel día, Ana había quedado con su novio. A penas llevaban tres meses juntos pero los dos estaban muy ilusionados. El amor estaba en el aire, las sonrisas tontas se dibujaban en sus caras las 24 horas del día y las citas con toque romántico empezaban a coger cada vez un significado más caluroso y especial.
 
Miguel había mandado a Ana un sugerente mensaje al móvil por la mañana diciéndola: <<Estate lista a las 9,00 en punto, voy a llevarte a cenar a un sitio muy especial, y después… bueno, ponte muy guapa aunque más no creo que sea posible>> es evidente que el empalague de las primeros meses estaba muy presente...
Ana estuvo toda la mañana pensando en cada detalle: como se iba a peinar, como se iba a vestir, pendientes, pulseras, perfume, todo estaba pensado estratégicamente para ir impecable a la cita. Además tenía poco tiempo, por lo que cada acción estaba en su mente como “un tetris”: pasar por el cajero, depilarme, ducharme, secarme el pelo, vestirme...a penas tenía 2 horas para hacer todo porque salía a las siete de trabajar.
 
Acelerada y algo nerviosa llegó Ana a su casa, eran las 19:20, tiempo record, suerte que no había pillado casi ningún semáforo.
 
Subió las escaleras del portal corriendo y hasta desabrochándose los pantalones. Lo primero era depilarse y sabía que no había que perder ni un segundo. Cogió una caja de cera que tenía en un cajón del baño, y comenzó a calentar unas bandas entre sus manos. Aquí empezaba el suplicio que desde la adolescencia había que padecer para estar guapa y sensual: tirón por aquí, auuhh!, tirón por allá, ayyy!. Se medio depiló las piernas como pudo y ahora llegaba lo peor, “momento ingles”, sin pensárselo dos veces, pues no estaba la cosa para dudas, cogió una tira y la pegó en la ingle derecha, no sabía bien para donde tirar, para allá la dolería, para acá también, 1, 2 y 3, aaaaaaaaaaaahhhhyyyyy, un dolor de infarto y una roncha roja que para que, pero bueno, había que seguir, ya sólo le quedaba una, lo que no sabía es que detrás de aquella última banda de cera fría se escondía una aventura para no olvidar.
 
Ana adhirió a conciencia la banda sobre su ingle izquierda, respiró y dio un tirón fuerte y seco, no supo por qué pero de pronto se sintió mareada, el baño le daba vueltas y sintió frío. Miró hacia el suelo y con la vista algo desenfocada alcanzó a ver unas manchas rojas en el suelo, siguió mirando hacia arriba y vio que por sus muslos escurría una gota de sangre. No os asustéis, realmente era un pequeño corte, pero al ser el una zona tan delicada era realmente muy escandaloso. Ana casi se muere del susto porque pensó que se estaba “desangrando”. Cogió el móvil y llamo corriendo a Miguel, intentó disimular pero su voz era muy débil y Miguel alarmado preguntó <<¿Qué te pasa?>>, << Nadaaaa…>>, dijo Ana, para no preocuparle…<<que mi gato se ha colado detrás de la nevera y el pobre no puede salir>>, <<pero, ¡si tu no tienes gato!>>, <<¡¡que sí tengo gato!!>>, balbuceó Ana ofendida. Miguel colgó rápido el teléfono y bastante extrañado se dirigió a su casa.
 
 Una vez allí llamo al timbre, estaba “intrigadito”. La pobre Ana no sabía como llegar hasta la puerta, se medio enrolló una toalla a la cintura y como un zombi llego a la puerta. Imaginaos la situación: cara pálida, pinza “marujil” en el pelo (típica para arreglarse una en casa), camisa del trabajo y toalla (carcomida y descolorida) enroscada a la cintura y que le tapaba mas o menos como una minifalda. Abrió la puerta y Miguel la miro con cara de flipe, << ¿Pero cariño, que te ocurre?, ¿que haces así?…<<es queee>>… Ana no sabía como explicarse, estaba apuradísima y muerta de vergüenza, pero debía decírselo. <<¡Dime!, ¿qué te pasa?>>...<<es queee, me ha pasado una cosa aquí>>, <<¿aquí dónde?>>. Ana se dirigía la baño y Miguel la seguía alucinado y como un perro faldero, <<!dime, explícate, ¿que te ha pasado?, ¿dónde está tu gato?!!!>>...Ana confesó mientras andaba <<no tengo gato>>, Miguel no daba crédito y seguía preguntando, <<¿que-te-pa-sa?>>, <<pues eso, una cosa aquí…>>, Ana señaló al suelo y las gotas de sangre… <<pero por Dios Ana, ¿has intentado suicidarte?, pero,  ¿por quéeee?..., yo te quiero, ¿qué has hecho?>>…<<No exagerado>>, dijo ana con voz moribunda,<<que me he dado un tirón>>, <<¿un tirón de qué?>>, <<pues eso que tengo un corte, un desgarro>>. Miguel empezaba a palidecer pero el pobre no se enteraba de nada, así que Ana decidió sentarse sobre la taza del walter. Se quitó la toalla y abrió las piernas, ahora estaba todo mucho más ensangrentado, varias gotas rojo bermellón recorrían sus piernas hasta las rodillas y Miguel se dejó caer sobre la pared porque casi cae en shock. Ana le contó que esto era lo que le había pasado. Miguel empezó a comprender: <<claro, te estabas depilando y al tirar, tirón, corte…pero ¿cómo eres tan burra?!!!>>...<<No sé como ha podio pasar>> repetía Ana, aun aturdida. Ana seguía sentada y Miguel daba vuelas sobre sí mismo, no sabía que hacer ni a dónde ir. Se tumbó repentinamente en el suelo y le dijo a Ana que se estaba mareando el también, que era muy aprensivo y que creía que se iba a desmayar. Ana se asusto por él y recobró algo de fuerzas, de manera que se volvió a ataviar la toalla y se dirigió a la cocina para coger un vaso de agua a ver si le sentaba bien; esta vez, sólo se tapo la parte de delante y sin darse cuenta la pobre según iba a la cocina iba enseñado todo el culo a Miguel…la situación era cómica o como mínimo inaudita. Miguel cambio de color y se puso rojo, la vergüenza o la situación hicieron que se levantara y reaccionara: << Ana tapate por detrás, bueno, mejor ponte unos pantalones que te voy a llevar a urgencias a ver si va a ser grave>>. Ana obedeció como corderita, pues ya no sabía muy bien ni lo que estaba haciendo. Se puso lo primero que pilló, que resultaron ser unos  pantalones de pijama rosas de camellos, unos calcetines con agujeros y las deportivas más feas del mundo. Miguel la llevó hasta el coche como pudo y se dirigieron al hospital.
 
Una vez en urgencias, y viendo la cara de los dos como si acabaran de salir de una fiesta de Halloween, o de un cementerio, una enfermera les hizo pasar corriendo a la consulta. Los pantalones de Ana se había manchado y el médico con cara de solemnidad y con templaza hizo una pregunta-afirmación, ¿un aborto?, no se preocupe, les pasa a muchas mujeres… Ana no daba crédito (pero que tremendos son los hombres, primero suicidio y ahora un aborto), le contestó que no con la cabeza y este le preguntó, <<¿qué le ha pasado a usted entonces señorita?>>, Miguel se adelantó a la respuesta y nervioso contestó, <<tirón y rassss, corte y rass, rotura y rass>>…el médico perplejo, se levantó de su sillón, miró a Miguel con los ojos a medio abrir y dirigiéndose a Ana, comentó, dejémonos de tanto rass y túmbese en la camilla para mirarla detenidamente. Cuando lo hizo, este también se mareó, <<¡cuánta sangre!, pero, no veo el origen… estoy un poco descompuesto, voy a llamar a un compañero, discúlpeme>>. Vino el suplente y también miro el asunto,<< vaya, vaya, no había visto nada igual… y dices que ha sido con la cera, uuuff, que dolor sólo pensarlo>>. A todo esto, al suplente le pareció ideal la situación para traer el chico nuevo de prácticas y que así se fuera acostumbrando a los casos con sangre, por lo que vino éste acompañado a su vez de la enfermera del principio que tenía mucha curiosidad por la “pareja de thriller”, y así, todos juntitos contemplaron el percal.
 
Sí, sí, esta era la situación: Ana sin pantalones, abierta de piernas sobre la camilla, depilada como una pornostar (porque la chica se había cortado, pero pelo no se había dejado ni uno. Rodeada de dos médicos, del joven en prácticas, de Miguel y de la enfermera; todos opinaban y hacian comentarios del tipo, “fíjate que peligroso eso de depilarse uno solo, si es que m hay que tener un cuidado”, “madre mía… que sufrimiento”, “ay! las mujeres, lo que os sacrificáis por estar guapas eh”… Ana no sabía si desmayarse aposta o salir corriendo, no había pasado tanta vergüenza en toda su vida. Menos mal que al final, el médico suplente puso orden, <<lo mejor es que limpiemos bien la zona, detectemos el corte y pongamos unos puntos de sutura por si acaso>>. Y así fue, el corte se había producido en una zona muy sensible y por eso sangraba tanto, pero pronto Ana, con sus puntos, unas braguitas y unos pantalones se sintió mucho mejor.
 
Lo que prometía ser una noche romántica con cena cinco estrellas y amor a la luz de las velas se había convertido en la primera “exposición pública” de sus partes más íntimas.
 
Menos mal que el amor y el tiempo lo curan todo, hasta la herida de Ana, aunque aun hoy conserva una cicatriz. Esta experiencia sirvió para unir a la joven pareja mucho más (en lo bueno y en lo mano, como se suele decir; aquel día tuvieron que aparcar pudores y vergüenzas) pero también sirvió para que Ana no volviera a ver la cera ni en pintura,  “la depilación, mejor hecha por profesionales” y en cuanto ahorró lo suficiente, “San Láser”, para no tener que volver a una tarde como aquella, que aunque ahora en la distancia se vislumbra cómica en su momento fue un mal trago que se podía haber evitado si sus ingles ya hubieran estado “libres de pelos”.
 
Y colorín colorado…otra historia de malos pelos se ha acabado.
 
 
 

 
         
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Bases del concurso
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