¿Por qué fui a depilarme? Tenía veintidós años y no recordaba cómo eran mis pezones. Vale que soy un tío, pero también tengo derecho a saber cómo son mis pezones masculinos: color, textura... Pero no, desde los diecisiete años una mata de pelo indecente cubría todo mi pecho, mi estómago y también mi espalda. Por cierto, curiosa la forma del vello en mi espalda, con dos grandes bloques verticales. Mis amigos me decían que parecían alas. Muy graciosos. Qué fácil es hacer bromas cuando tienes veintidós años y puedes ver tus pezones a diario.
Elegí el centro de estética que más lejos quedaba de mi barrio porque no quería que nadie me viese entrar o salir del salón de belleza. Cuando uno se hace la cera por primera vez no se siente precisamente orgulloso, y mucho menos con ganas pregonarlo a los cuatro vientos.
La sesión no fue nada placentera, y mucho menos corta. La esteticien cogió confianza enseguida y no dejó de hablar durante la hora y tres cuartos que duró mi depilación. Sí, hora y tres cuartos, un periodo de tiempo también conocido como ciento cinco minutos interminables. La chica había empezado un curso de poesía hacía poco y no se le ocurrió otra cosa más que empezar a recitarme entre tirón y tirón, muy romántico todo.
El problema gordo vino después de un soneto alejandrino. La poetisa - esteticien olvidó que había dejado untada una buena porción de cera encima de mi ombligo, y cuando se dio cuenta ya no quedaba más remedio que quitármela con una espátula... el típico método indoloro.
Cuando terminé la sesión me miré el espejo. Allí estaban mis pezones, bueno, lo que quedaba de ellos después de haber sido agredidos una y otra vez con cera caliente. Tenían un color morado, desagradable... Como si me hubiesen colgado de las aureolas durante toda la sesión. Nada que ver con la imagen que tenía de ellos antes de ser un adolescente.
Pagué la cuenta, salí del centro de belleza y me encontré con ella. No era una chica cualquiera, era la chica más guapa con la que había coincidido en mi época de instituto. Hacía cuatro años que no la veía y el destino no había podido elegir un momento peor para que volviésemos a coincidir.
Ella me saludó y miró el centro de belleza del que yo salía. El resto… El resto fue un auténtico desastre.
- Cuánto tiempo, ¿verdad?
- Y que lo digas... - Respondí, aunque más pensando en los ciento cinco minutos que había pasado en la cabina de depilación.
- ¿Y qué haces por aquí?
¿No podía haber preguntado otra cosa? Es decir, llevábamos cuatro años sin vernos. Yo estaba en cuarto de carrera, había vivido mil historias desde que la vi por última vez. Y tenía que preguntarme qué narices hacía yo por ese barrio de mierda y saliendo de aquel centro de belleza. Menos mal que puse a funcionar la cabeza y respondí casi al instante.
- Pues... vengo de cortarme el pelo.
Responder al instante no es sinónimo de responder correctamente. Si yo tenía pinta de algo no era, ni mucho menos, de venir de cortarme el pelo. No me había peinado para ir a depilarme. Me había quitado y vuelto a poner la camiseta para tumbarme en la camilla. Había sudado ahí dentro y tenía el pelo aplastado contra la oreja. Tenía remolinos, varias calvas a la vista y el cabello lleno de grasa.
Ella miró mi peinado y no dijo nada. No hacía falta. Era evidente que ahí se había acabado nuestra conversación. ¿Qué iba a decirle ella a una persona que paga dinero porque le dejen el pelo igual que a los judíos en los campos de concentración? Yo intenté arreglarlo, pero ya era demasiado tarde.
- Ya sabes que nunca te lo dejan como tú quieres…
Ella siguió sin decir nada. En realidad no podía apartar la vista de mi pelo. Yo seguí intentándolo.
- Pero vamos, que no pienso volver…
Como dije al principio, todo había acabado.
- Tengo un poco de prisa… - Dijo ella.
- ¿No querrás ver mis pezones, verdad? - Me arrastré yo.
Y se fue. Esa conversación que tantas veces había soñado años atrás ni siquiera llegó a comenzar. Daba igual lo que pudiese haber dicho. Aquel día aprendí que en la vida hace falta algo más que un buen par de pezones para conquistar a una mujer.