EL BIGOTE DE TERESA - Ignacio Barcelo - MALAGA(malaga)

Al nacer Teresa, sus padres comprobaron con asombro que no se trataba de una niña como las demás. Teresa había nacido con bigote. Un bigote poblado y abundante que se iría haciendo más frondoso con el paso de los años. Lejos de considerar tan extraña circunstancia como un problema, los padres de Teresa entendieron que su hijita había venido al mundo con un pan debajo del brazo, o de las narices para ser más exactos, y que en el futuro su peculiar característica le abriría muchas puertas. Por ejemplo, las del circo.

Quien no se consuela es porque no quiere, y ellos se consolaban pensando que algún día Teresa se ganaría la vida como la mujer barbuda de algún circo ambulante. Pero desgraciadamente a Teresa nunca le salió la barba, y el papel de mujer bigotuda no se ajustaba a la tradición circense. Así que el desafiante y vigoroso bigote de Teresa, lejos de solucionarle el futuro, le complicó considerablemente la existencia.

Cuando Teresa cumplió los treinta, su bigote se había convertido en la envidia de todos los hombres del pueblo. Era un bigote viril, imperial, majestuoso, como de mariscal de campo del Ejército Prusiano. Al ver a Teresa, uno sentía la irrefrenable necesidad de tratarla de Usted, e incluso de decirle “Señor”. De hecho, en el pueblo todos la conocían como “el Señor Teresa”. Su bigote, además de un profundo respeto, inspiraba una gran confusión. Con el tiempo se supo que Pepe, su marido, un tipo pequeño, amanerado y completamente barbilampiño, se había casado con ella convencido de que Teresa era realmente un señor. Cuando Pepe descubrió que su esposa, el Señor Teresa, a pesar de su bigote era realmente una mujer, sufrió una profunda depresión que trató de superar convirtiéndose en la drag queen más famosa de la comarca, lo que le valió el apodo de “la Señora Pepe”. Así que la Señora Pepe y el Señor Teresa formaban una pareja de lo más peculiar.

Pero el problema de Teresa no se limitaba a su reverencial bigote. Teresa sufría alopecia integral invertida; es decir, un crecimiento desmesurado de los vellos de todo su cuerpo. La pobre Teresa había probado cuantos remedios se encontraban a su alcance: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias… pero la lucha contra su crecimiento capilar parecía ser una batalla perdida. En cierta ocasión, tras la inauguración del primer salón de belleza del pueblo, Teresa fue agraciada en un sorteo con el premio que se rifaba, consistente en una depilación completa a la cera. Al día siguiente, cuando Teresa acudió a por su regalo e irrumpió en el gabinete estético provista del boleto ganador, de su imponente bigote y de su galopante alopecia invertida, la directora del centro, aterrada, le ofreció cambiarlo por un viaje para dos personas al Caribe, con estancia de siete noches all inclusive. Debió pensar que le sería más fácil depilar un campo de golf que depilarla a ella, y la buena de Teresa, que nunca había salido de su pueblo, sintiéndose desbordada por tan tentadora oferta y en el convencimiento de que su problema no tenía solución, aceptó el canje y se fue con la Señora Pepe al Caribe.

Pero el viaje fue toda una pesadilla. En el pueblo estaban acostumbrados a su bigote, pero en Cancún no. Desde que se bajó del avión, Teresa se convirtió en todo un acontecimiento social. Los niños le pedían autógrafos, las mujeres se fotografiaban con ella como quien se fotografía con un mandril domesticado, y los hombres se tocaban sus respectivos bigotes en actitud comparativa. Acosada y desesperada por una popularidad que no pretendía, Teresa acabó comprándose un traje de charro e infiltrándose en una orquesta de mariachis, donde su bigote a lo Jorge Negrete la hacía pasar completamente desapercibida. Y entre corridos y rancheras pasó sus últimas noches en Cancún, convenientemente camuflada mientras su marido, la Señora Pepe, desplegaba su arte imitando a María Félix en un antro de mala muerte frecuentado por marineros.

La terrible experiencia de Cancún hizo que Teresa regresara a España absolutamente decidida a cambiar su situación de una vez por todas, y el destino quiso que esta vez la solución apareciera justo delante de sus ojos. Durante el transbordo en el aeropuerto de Madrid y mientras se desplazaba por la cinta transportadora, Teresa tuvo una visión. Se trataba de un cartel publicitario en el que se anunciaba algo de lo que ella jamás había oído hablar: la depilación láser. Teresa se había convertido en una gran admiradora del láser desde que vio La Guerra de las Galaxias en el cine de verano del pueblo, pero no sabía que esas coloridas espadas sirvieran también para eliminar el vello de raíz. Aquellas palabras le sonaban a música celestial: eliminar el vello de raíz. Fascinada, con la esperanza del náufrago que de repente divisa un barco acercándose a su isla y siente que se trata de su última oportunidad, sacó de su bolso el teléfono móvil y marcó el número de la empresa anunciadora. Cuando colgó, Teresa estaba radiante, había encontrado lo que llevaba toda la vida buscando.

Habrían de pasar cuatro días antes de la que clínica pudiera recibirla, así que Teresa y su marido optaron por cancelar los vuelos y quedarse en Madrid, lo que la Señora Pepe aprovechó para desplegar su talento imitando por las noches a Isabel Pantoja en un bar de mala muerte frecuentado por borrachos amantes de la copla.

Ya de regreso en el pueblo, Teresa comprobaba con satisfacción que nadie la reconocía. Su piel lucía despoblada y desértica como la de un bebé. El bigote, el perfil militar y el título de Señor habían pasado definitivamente a la historia. A Pepe tampoco lo reconocían, porque el viaje le animó a vivir definitivamente fuera del armario y decidió continuar disfrazado de Isabel Pantoja por tiempo indefinido. Con lo cual, para el pueblo entero se trataba de dos completos desconocidos.

Entraron en casa y sintieron una tremenda paz. Teresa se miró en el espejo que colgaba de la pared del recibidor, y por primera vez desde que tenía uso de razón se vio guapa -hasta entonces sólo se había visto guapo, como mucho-. Lo cierto es que, con bigote o sin él, Teresa era terriblemente fea, pero ella se sentía guapa y eso era lo realmente importante. Con calma, como disfrutando del momento, se puso a revisar el correo que acababa de recoger del buzón. El banco, la compañía eléctrica, el gas… ¿Mattel? Sí, sin duda se trataba de Mattel, y el sello era de EE.UU. Sorprendida, Teresa se sentó, rasgó el sobre y comenzó a leer aquella sorprendente carta. La multinacional productora de juguetes le hacía una oferta tentadora. Conocedores de su particularidad, le ofrecían una suma millonaria a cambio de extraerle todos los vellos de su cuerpo, que serían usados para confeccionar las pestañas de sus muñecas dotándolas de un realismo nunca visto. Teresa no lo podía creer. En su desesperación, había llegado a pagar por deshacerse de algo que ahora podría hacerla tremendamente rica.

Mientas aquello ocurría, a lo lejos podía oírse a la Señora Pepe con su voz de vicetiple venida a menos, quien muy metido en su papel y completamente ajeno a la noticia se contoneaba frente al armario del dormitorio mientras cantaba, emulando a la Pantoja, “yo soy esaaaaa”….

La canción, brillantemente interpretada por su marido, hizo reaccionar a Teresa. Se puso en pie y se situó nuevamente frente al espejo del recibidor. Y mirándose en él, muy segura de sí misma, sonrió satisfecha, luego lanzó una sonora carcajada y murmuró: señores de Mattel, su propuesta llegó tarde… por los pelos.

 
         
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