Estaba despechado porque Gabriela había roto nuestro compromiso alegando, entre otras cosas, mi mal vestir y mi vellosidad excesiva. Yo había aceptado la ruptura porque no estaba dispuesto a depilarme: eso de la cera y el láser es cosa de mujeres.
Aquella noche fui a la cena de negocios con ese odioso viejo judío sólo con la intención de conseguir una aventura con alguna traductora o secretaria oportunista de las que suelen ir a esos eventos y a la que, por supuesto, no le asquease mi cuerpo peludo.
En la mesa, frente a mí, estaba la víctima perfecta: se llamaba Frances y tenía unos veinticinco años. Hablaba varios idiomas y hubiese apostado lo que tenía a que era la amante del viejo Cohen, quien me citó para encargarme de la imagen de su negocio.
Frances me miraba y coqueteaba señalando sus senos con los ojos, como invitándome a buscarlos dentro de su escote. Yo, que no estaba dispuesto a perder oportunidades, me deshice de un zapato y –aprovechando que no uso calcetines- comencé a acariciar su pierna subiendo mi pie con delicadeza, introduciéndolo por la bota de su pantalón y sintiendo la suavidad de su piel perfectamente depilada, extrañado de que ella no hubiese elegido un vestido para aquella ocasión.
Pasamos así la cena y el viejo Cohen se mostraba entusiasmado ante mis propuestas. Había accedido sin chistar a pagarme la elevada suma que propuse en primera instancia, como dejando un margen para que se me regateara; había ofrecido también darme un bono para ropa, un automóvil y un apartamento cercano a la compañía, además de asignarme una traductora y pagarme un gimnasio y un curso de protocolo. Yo me sentía un triunfador, tal vez más por el hecho de haber pasado la noche sobando la pierna de Frances que por los privilegios contractuales que el judío me ofrecía.
Al terminar la cena, el viejo Cohen me pidió que lo acompañase. Caminé tras él hasta los reservados y una vez allí se abalanzó sobre mí y me besó apasionadamente. Yo le respondí con un puñetazo en el pómulo y él rompió en llanto sin entender mi reacción. Enseguida se levantó el pantalón y me dejó ver su piel blanca y lampiña: era su pierna depilada la que yo había estado acariciando la noche entera. Gracias a ello el viejo se había entusiasmado y había accedido a todas mis condiciones ofreciendo incluso más. Entendí, entonces, que no sería fácil desprenderme del recuerdo de Gabriela y que, en definitiva, la depilación no es sólo para chicas.